(…) Luego del armisticio de 1918, Fritz Haber fue declarado criminal de guerra por los aliados, a pesar de que ellos habían utilizado el gas ( Yo: se refiere a un gas venenoso que había inventado él y había sido usado en las trincheras de la primera guerra mundial, con efectos devastadores) con el mismo fervor que las potencias del Eje. Tuvo que escapar de Alemania y refugiarse en Suiza, donde recibió la noticia de que había obtenido el Premio Nóbel de Química por un descubrimiento que había hecho poco antes de la guerra, y que en las décadas siguientes alteraría el destino de la especie humana.
En 1907,
Haber fue el primero en extraer nitrógeno -el principal nutriente que las
plantas necesitan para crecer- directamente del aire. Con ello, solucionó, del
día a la mañana, la escasez de fertilizantes que a principio del Siglo XX
amenazaba con desencadenar una hambruna global como no se había visto nunca
antes; de no haber sido por Haber, cientos de millones de personas que hasta
entonces dependían de sustancias naturales como el guano y el salitre para
abonar sus cultivos podrían haber muerto por falta de alimentos. En siglos
anteriores, la demanda insaciable de Europa había llevado a bandas inglesas a
viajar hasta Egipto para saquear las catacumbas de los antiguos faraones no en
busca de oro, joyas y otras antigüedades, sino del nitrógeno contenido en los
huesos de los miles de esclavos con que los reyes del Nilo se habían inhumado
para que continuaran sirviéndolos más allá de la muerte. Los ladrones de tumbas
ingleses ya habían agotado las reservas de Europa continental; desenterraron
más de tres millones de esqueletos, incluyendo las osamentas de cientos de
miles de soldados y caballos muertos en las batallas de Austerlitz, Leipzig y
Waterloo, para enviarlos en barco al puerto de Hull, en el norte de Inglaterra,
donde eran molidos en los trituradores de huesos de Yorkshire para fertilizar
los campos verdes de Albión. Al otro lado del Atlántico, los cráneos de más de
treinta millones de bisontes masacrados en las praderas norteamericanas eran
recogidos uno a uno por campesinos e indios pobres para venderlos al Sindicato
de Huesos de Dakota del Norte, que los amontonaba para formar una pila del
tamaño de una iglesia antes de transportarlos a la fábrica que los molía para
producir fertilizante y “negro-hueso”, el pigmento más oscuro que se podía
encontrar en esa época. Lo que Haber había logrado en el laboratorio, Carl
Bosch, el ingeniero principal del gigante químico alemán BASF, lo convirtió en
un proceso industrial capaz de producir cientos de toneladas de nitrógeno en
una fábrica del tamaño de una pequeña ciudad, operada por más de cincuenta mil
trabajadores. El proceso Haber-Bosch fue el descubrimiento químico más
importante del siglo XX; al duplicar la cantidad de nitrógeno disponible,
permitió la explosión demográfica que hizo crecer la población humana de 1,6 a
7 mil millones de personas en menos de cien años. Hoy, cerca del cincuenta por ciento de los
átomos de nitrógeno de nuestros cuerpos han sido creados de forma artificial, y
más de la mitad de la población mundial depende de alimentos fertilizados
gracias al invento de Haber. El mundo moderno no podría existir sin el hombre
que “extrajo pan del aire”, según palabras de la prensa de su época, aunque el
uso inmediato de su hallazgo no fue alimentar a las masas hambrientas, sino
proveer a Alemania de la materia prima para seguir fabricando explosivos y
pólvora durante la Primera Guerra Mundial, luego de que la flota inglesa
cortara su acceso al salitre chileno. Con el nitrógeno de Haber el conflicto
europeo se prolongó dos años más, aumentando las bajas de ambos lados en varios
millones de personas.
(…) En
Alemania se refugió en su trabajo como director del instituto Kaiser Wilhelm de
Química-Física y Electroquímica mientras el antisemitismo iba creciendo a su
alrededor. Momentáneamente protegido por el oasis académico; Haber y su equipo
produjeron múltiples nuevas sustancias; una de ellas usaba el cianuro para
formar un pesticida en gas cuya acción era tan violenta que lo bautizaron ZyKlon,
la palabra alemana que designa los vientos de un huracán. La efectividad
radical del compuesto asombró a los entomólogos que lo utilizaron por primera
vez para despiojar un barco que cubría la ruta entre Hamburgo y Nueva York,
quienes le escribieron directamente a Haber para elogiar “la extremada
elegancia del proceso de erradicación”. Haber fundó el Comisionado Nacional
para el Control de Pestes; desde allí organizó la matanza de chinches y pulgas
de los submarinos de la armada y ratas y cucarachas en las barracas del
ejército. Luchó contra una verdadera legión de polillas que atacaba la harina
que el gobierno acumulaba en silos repartidos a lo largo de todo el territorio
nacional, y que Haber describió a sus superiores como “una plaga bíblica que
amenazaba el bienestar del espacio vital germano”, sin saber que ellos habían
empezado a implementar la persecución de todos los que compartían las raíces
judías de Haber.
Fritz se
había convertido al cristianismo a los veinticinco años. Estaba tan
identificado con su país y sus costumbres que sus hijos solo se enteraron de su
ascendencia cuando él les dijo que debían escapar de Alemania. Haber huyó
después de ellos y pidió asilo en Inglaterra, pero fue violentamente repudiado por
sus colegas británicos, quienes conocían el rol que había jugado en la guerra
química. Tuvo que abandonar la isla después de llegar. Desde allí se escabulló
de un país a otro, intentando alcanzar Palestina, con el pecho apretado por el
dolor, ya que sus vasos sanguíneos no eran capaces de llevar suficiente sangre
a su corazón. Murió en Basel, en 1934, abrazado al cilindro con el que dilataba
sus arterias coronarias, sin saber que pocos años más tarde el pesticida que él
había ayudado a crear sería utilizado por los nazis en sus cámaras de gas para
asesinar a su media hermana, a su cuñado, a sus sobrinos, y a tantos otros
judíos que murieron en cuclillas, con los músculos agarrotados y la piel
cubierta de manchas rojas y verdes, sangrando por los oídos, echando espuma por
la boca, con los más jóvenes aplastando a los niños y a los ancianos en su
intento por escalar la pila de cuerpos desnudos y poder respirar unos minutos
más, unos segundo más, ya que el Zycklon B se empozaba cerca del suelo luego de
ser vertido por las ranuras en el techo. Una vez que la niebla de cianuro era
disipada por ventiladores, los cadáveres eran arrastrados a enormes hornos e
icineradoras. Sus cenizas fueron enterradas en fosas comunes, vertidas en ríos
y estanques o esparcidas como abono en los campos de los alrededores.
Entre las
pocas cosas que Fritz Haber tenía consigo al morir hallaron una carta escrita a
su mujer. En ella Haber le confiesa que siente una culpa insoportable; pero no
por el rol que jugó en la muerte de tantos seres humanos, directa o
indirectamente, sino porque su método para extraer nitrógeno del aire había
alterado de tal forma el equilibrio natural del planeta que él temía que el
futuro de este mundo no pertenecería al ser humano sino a las plantas, ya que
bastaría que la población mundial disminuyera a un nivel premoderno durante tan
solo un par de décadas para que ellas fueran libres de crecer sin freno,
aprovechando el exceso de nutrientes que la humanidad les había legado para
esparcirse sobre la faz de la tierra hasta cubrirla por completo, ahogando
todas las formas de vida bajo un verdor terrible.
Fragmento del libro Un verdor terrible, del relato de ese mismo nombre, de Benjamín Labatut ( Anagrama, 2020)






















