lunes, 11 de enero de 2021

Un verdor terrible ( fragmento del libro)

 

 
Aquí os copio un fragmento de un libro que estoy leyendo y que de alguna manera tiene relación con algunos de los conceptos que hemos trabajado en ecología. Leedlo y haced un comentario de lo que os sugiera su lectura, tanto a nivel humano, histórico, como científico. Trata sobre los descubrimientos de  un investigador alemán, llamado Fritz Haber, y la repercusión que tuvieron algunos de sus hallazgos.   


(…) Luego del armisticio de 1918, Fritz Haber fue declarado criminal de guerra por los aliados, a pesar de que ellos habían utilizado el gas ( Yo: se refiere a un gas venenoso que había inventado él y había sido usado en las trincheras de la primera guerra mundial, con efectos devastadores) con el mismo fervor que las potencias del Eje. Tuvo que escapar de Alemania y refugiarse en Suiza, donde recibió la noticia de que había obtenido el Premio Nóbel de Química por un descubrimiento que había hecho poco antes de la guerra, y que en las décadas siguientes alteraría el destino de la especie humana.

En 1907, Haber fue el primero en extraer nitrógeno -el principal nutriente que las plantas necesitan para crecer- directamente del aire. Con ello, solucionó, del día a la mañana, la escasez de fertilizantes que a principio del Siglo XX amenazaba con desencadenar una hambruna global como no se había visto nunca antes; de no haber sido por Haber, cientos de millones de personas que hasta entonces dependían de sustancias naturales como el guano y el salitre para abonar sus cultivos podrían haber muerto por falta de alimentos. En siglos anteriores, la demanda insaciable de Europa había llevado a bandas inglesas a viajar hasta Egipto para saquear las catacumbas de los antiguos faraones no en busca de oro, joyas y otras antigüedades, sino del nitrógeno contenido en los huesos de los miles de esclavos con que los reyes del Nilo se habían inhumado para que continuaran sirviéndolos más allá de la muerte. Los ladrones de tumbas ingleses ya habían agotado las reservas de Europa continental; desenterraron más de tres millones de esqueletos, incluyendo las osamentas de cientos de miles de soldados y caballos muertos en las batallas de Austerlitz, Leipzig y Waterloo, para enviarlos en barco al puerto de Hull, en el norte de Inglaterra, donde eran molidos en los trituradores de huesos de Yorkshire para fertilizar los campos verdes de Albión. Al otro lado del Atlántico, los cráneos de más de treinta millones de bisontes masacrados en las praderas norteamericanas eran recogidos uno a uno por campesinos e indios pobres para venderlos al Sindicato de Huesos de Dakota del Norte, que los amontonaba para formar una pila del tamaño de una iglesia antes de transportarlos a la fábrica que los molía para producir fertilizante y “negro-hueso”, el pigmento más oscuro que se podía encontrar en esa época. Lo que Haber había logrado en el laboratorio, Carl Bosch, el ingeniero principal del gigante químico alemán BASF, lo convirtió en un proceso industrial capaz de producir cientos de toneladas de nitrógeno en una fábrica del tamaño de una pequeña ciudad, operada por más de cincuenta mil trabajadores. El proceso Haber-Bosch fue el descubrimiento químico más importante del siglo XX; al duplicar la cantidad de nitrógeno disponible, permitió la explosión demográfica que hizo crecer la población humana de 1,6 a 7 mil millones de personas en menos de cien años.  Hoy, cerca del cincuenta por ciento de los átomos de nitrógeno de nuestros cuerpos han sido creados de forma artificial, y más de la mitad de la población mundial depende de alimentos fertilizados gracias al invento de Haber. El mundo moderno no podría existir sin el hombre que “extrajo pan del aire”, según palabras de la prensa de su época, aunque el uso inmediato de su hallazgo no fue alimentar a las masas hambrientas, sino proveer a Alemania de la materia prima para seguir fabricando explosivos y pólvora durante la Primera Guerra Mundial, luego de que la flota inglesa cortara su acceso al salitre chileno. Con el nitrógeno de Haber el conflicto europeo se prolongó dos años más, aumentando las bajas de ambos lados en varios millones de personas.

(…) En Alemania se refugió en su trabajo como director del instituto Kaiser Wilhelm de Química-Física y Electroquímica mientras el antisemitismo iba creciendo a su alrededor. Momentáneamente protegido por el oasis académico; Haber y su equipo produjeron múltiples nuevas sustancias; una de ellas usaba el cianuro para formar un pesticida en gas cuya acción era tan violenta que lo bautizaron ZyKlon, la palabra alemana que designa los vientos de un huracán. La efectividad radical del compuesto asombró a los entomólogos que lo utilizaron por primera vez para despiojar un barco que cubría la ruta entre Hamburgo y Nueva York, quienes le escribieron directamente a Haber para elogiar “la extremada elegancia del proceso de erradicación”. Haber fundó el Comisionado Nacional para el Control de Pestes; desde allí organizó la matanza de chinches y pulgas de los submarinos de la armada y ratas y cucarachas en las barracas del ejército. Luchó contra una verdadera legión de polillas que atacaba la harina que el gobierno acumulaba en silos repartidos a lo largo de todo el territorio nacional, y que Haber describió a sus superiores como “una plaga bíblica que amenazaba el bienestar del espacio vital germano”, sin saber que ellos habían empezado a implementar la persecución de todos los que compartían las raíces judías de Haber.  

Fritz se había convertido al cristianismo a los veinticinco años. Estaba tan identificado con su país y sus costumbres que sus hijos solo se enteraron de su ascendencia cuando él les dijo que debían escapar de Alemania. Haber huyó después de ellos y pidió asilo en Inglaterra, pero fue violentamente repudiado por sus colegas británicos, quienes conocían el rol que había jugado en la guerra química. Tuvo que abandonar la isla después de llegar. Desde allí se escabulló de un país a otro, intentando alcanzar Palestina, con el pecho apretado por el dolor, ya que sus vasos sanguíneos no eran capaces de llevar suficiente sangre a su corazón. Murió en Basel, en 1934, abrazado al cilindro con el que dilataba sus arterias coronarias, sin saber que pocos años más tarde el pesticida que él había ayudado a crear sería utilizado por los nazis en sus cámaras de gas para asesinar a su media hermana, a su cuñado, a sus sobrinos, y a tantos otros judíos que murieron en cuclillas, con los músculos agarrotados y la piel cubierta de manchas rojas y verdes, sangrando por los oídos, echando espuma por la boca, con los más jóvenes aplastando a los niños y a los ancianos en su intento por escalar la pila de cuerpos desnudos y poder respirar unos minutos más, unos segundo más, ya que el Zycklon B se empozaba cerca del suelo luego de ser vertido por las ranuras en el techo. Una vez que la niebla de cianuro era disipada por ventiladores, los cadáveres eran arrastrados a enormes hornos e icineradoras. Sus cenizas fueron enterradas en fosas comunes, vertidas en ríos y estanques o esparcidas como abono en los campos de los alrededores.

Entre las pocas cosas que Fritz Haber tenía consigo al morir hallaron una carta escrita a su mujer. En ella Haber le confiesa que siente una culpa insoportable; pero no por el rol que jugó en la muerte de tantos seres humanos, directa o indirectamente, sino porque su método para extraer nitrógeno del aire había alterado de tal forma el equilibrio natural del planeta que él temía que el futuro de este mundo no pertenecería al ser humano sino a las plantas, ya que bastaría que la población mundial disminuyera a un nivel premoderno durante tan solo un par de décadas para que ellas fueran libres de crecer sin freno, aprovechando el exceso de nutrientes que la humanidad les había legado para esparcirse sobre la faz de la tierra hasta cubrirla por completo, ahogando todas las formas de vida bajo un verdor terrible.  

Fragmento del libro  Un verdor terrible, del relato de ese mismo nombre, de Benjamín Labatut ( Anagrama, 2020)

Un verdor terrible ( fragmento del libro)

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