viernes, 27 de marzo de 2020

Una introducción a la Peste


Detalle de El triunfo de la muerte, de Pieter Brueghel 

Aunque para los griegos y los romanos acudir a los baños era algo inherente a su cultura (con una connotación no solo higiénica, sino sobre todo social) no siempre ha estado bien vista la limpieza corporal. Dice Bill Bryson en su libro “En casa” que el cristianismo nunca vio con buenos ojos la limpieza y “desde el principio desarrolló la extraña tradición de equiparar la santidad con la suciedad”. Y pone un ejemplo muy significativo: “Mucha gente peregrinaba desde Inglaterra a Tierra Santa, pero cuando un monje llamado Godric lo hizo sin mojarse ni una sola vez, se convirtió, de forma inevitable en San Godric”. También explica que cuando otro santo (Santo Tomás Becket) murió en 1170, los que arreglaron su cuerpo destacaron con aprobación que “su ropa interior bullía de piojos”.

En la Edad Media, uno de los métodos infalibles para asegurarse el Cielo era hacer el juramento de no lavarse. Con la propagación de la Peste Negra, en esa época, algunas personas propusieron revisar esta creencia, pero enseguida los “lobbies” más influyentes de la época insistieron en reafirmar las bondades de que el personal fuera tan marrano, diciendo que el agua abría los poros de la piel y fomentaba que los “vapores mortales” entraran en el organismo. La mejor estrategia, pues, era taponar los poros con suciedad.  Hay que destacar que esta idea perduró durante los seiscientos años siguientes y se extendió a todas las clases sociales. La reina Isabel de Inglaterra, según cuenta una célebre cita, se bañaba fielmente una vez al mes, “lo necesite o no”. Y en Francia, el Rey Luis XIII no se bañó hasta el día que cumplió siete (mugrientos) añitos.

Pero regresemos a la edad Media, y a la terrible enfermedad que arrasó a aquellos europeos que huían del agua y de la higiene, incluso aunque tuvieran los medios para acceder a esas prácticas. La enfermedad era la Peste, una palabra que curiosamente tiene una acepción que significa mal olor. Si consiguiéramos viajar con una hipotética máquina del tiempo a la Edad Media, lo primero que nos haría apretar el botón para regresar inmediatamente sería el tufo insoportable procedente de cualquier ser humano con el que nos pudiéramos cruzar. La novela “El perfume” describe esa sensación de manera impresionante, aunque esté ambientado en una época posterior.

A tale from the Decameron , de John William Waterhouse

Pero, ¿qué era exactamente esta enfermedad que conocemos como la Peste? A lo largo de la historia de la humanidad ha habido diferentes registros de epidemias calificadas como Peste por los cronistas de la época. Algunos de estos episodios, en especial los anteriores a la Edad Media, a posteriori se han podido asociar a otras enfermedades infecciosas como el tifus, la viruela o el sarampión. El criterio para descartarlos como Peste es la no existencia de los “bubones” ( bultos inflamados en el cuello , en las axilas y en las ingles, del tamaño  de un huevo o una manzana, que corresponden a los ganglios linfáticos hipertrofiados intentando defenderse del microorganismo invasor) que dan nombre a la Peste bubónica, cuya manifestación más devastadora fue la llamada Peste Negra ( negra, por otro de los síntomas: las manchas oscuras que salían en la piel como un aviso más de muerte inminente), que en el siglo XIV se cebó especialmente en la población europea matando  a un tercio de su población. Florencia fue uno de los lugares más castigados. Giovanni Boccaccio, en su “Decamerón” narra las peripecias de un pequeño grupo de habitantes de esa ciudad que se entretienen contándose historias durante el periodo en el que se aislaron (una propuesta magnífica a tener en cuenta para sobrellevar el confinamiento ante el coronavirus). Se calcula que mató a treinta y siete millones de europeos. 
Pero la peste no se originó en Europa. En lo que podríamos calificar como la “globalización” de la época, la extensión de la epidemia traza el camino de las principales rutas comerciales, cuyo origen estaba en China. Primero en caravanas y después en barcos (algunos de ellos perdían a toda la tripulación en el viaje y navegaban a la deriva), la enfermedad viajó en primera instancia a las islas del Mediterráneo (diezmando sus poblaciones) y más tarde alcanzó la Italia continental, llegando a Florencia a comienzos de la primavera de 1348. Si hacemos la suma total, añadiendo a los asiáticos y otros países azotados por la plaga, casi todas las fuentes hablan de cien millones de muertos.

La siguiente gran epidemia de Peste ocurrió tres siglos después en la ciudad de Londres, conocida como la Gran Plaga o la Gran Peste. En este caso fue Daniel Defoe (que se conoce más por su Robinson Crusoe) quien, aunque es una ficción posterior a los hechos, dejó registro de la situación en la ciudad con gran verosimilitud. Las estadísticas muestran que cuando una plaga de este calibre se extiende en una población mueren nueve de cada diez personas infectadas. Una vez instaurada, la neumonía asociada a la enfermedad hace que el contagio sea muy alto. En el Londres de 1665 fallecieron cerca de 150.000 personas, un tercio de la población. Pero, supuestamente tendrían que haber sido muchas más. La peste debería haberse extendido hasta contagiar a toda la comunidad. Pero no fue así. La pregunta del millón es la siguiente: ¿Por qué tanta gente que estuvo en contacto con la bacteria más letal de toda la historia, sobrevivió sin recibir ningún tratamiento? Durante muchos años se creyó que la epidemia afectó sobre todo a las clases bajas de Londres, debido a las condiciones insalubres en las que vivían.  Las personas de las clases altas parecían estar menos expuestas. Si bien es cierto que las condiciones higiénicas favorecían la propagación de la enfermedad, el hallazgo contemporáneo de un enterramiento sembró la duda sobre esta hipótesis. 

Fosa con esqueletos de la época de la peste. 

Unos obreros, excavando junto a una iglesia antigua, descubrieron un grupo de 57 esqueletos que provenían de la época de la Gran Peste. Resultó que el estudio de los esqueletos dio indicios de que esas personas pertenecían a la clase alta (se puede deducir muchas cosas a partir de los huesos, y estos no tenían signos de enfermedades ni desgastes óseos típicos de la clase pobre). Esto cuestiona que la riqueza supusiera una protección contra la peste bubónica. Entonces, si no es la clase social ni la higiene lo que marca la diferencia, la pregunta sigue vigente: ¿por qué solamente murió un tercio de la población de Londres? ¿Qué diferenciaba a los muertos de los supervivientes? El genetista americano Stephen O‘Brian realizó un estudio genético en un grupo de personas descendientes de supervivientes a esta enfermedad procedentes de una comunidad pequeña y cerrada de Inglaterra, y comprobó que esa “resistencia” natural a no infectarse está grabada en el ADN,  y por lo tanto se hereda. Se demostró que muchos de ellos tenían una mutación en un gen del cromosoma 3 llamada Delta-32, que les hacían invulnerables no solo a la peste, sino que sorprendentemente también a otras enfermedades infecciosas como el SIDA (afecta a las proteínas receptoras a las que se une el virus). Una mutación que se había producido al azar ya en la Peste Negra medieval y que, debido a la presión selectiva en un entorno en el que los que no la tenían morían, fue favorecida por la selección natural. Los supervivientes a esa plaga se pudieron reproducir y en las siguientes generaciones estuvieron más representados de lo que hubieran hecho en condiciones normales. Esta es la explicación evolutiva de que en la Gran Peste del siglo XVII muriera mucho menos proporción de gente de la que se dio la Peste Negra de la Edad Media.  Este vínculo entre la inmunidad a la Peste bubónica y la inmunidad al VIH es uno de los resultados más sorprendentes e interesantes de la investigación genética reciente. Aprender cómo funciona esta inmunidad a nivel celular está siendo muy útil para diseñar tratamientos en la lucha contra el SIDA. Entender los mecanismos moleculares y celulares en la relación entre los microorganismos y sus huéspedes es lo que dará la clave para luchar contra infecciones y pandemias como la actual. Por eso es importante la investigación básica, porque nos va la vida en ello.

martes, 24 de marzo de 2020

Pasteur y los tetrabriks de leche que hay en tu despensa


Los pocos médicos que estaban de acuerdo con las medidas higiénicas propuestas por Semmerweiss, tenían el mismo problema que él: no podían explicar por qué era tan importante lavarse las manos y, sobre todo, qué era lo que causaba la enfermedad. La solución llegó unos años más tarde, en 1865, casualmente el mismo año en que falleció Semmerweiss. Louis Pasteur era un químico y físico al que le gustaba involucrarse en problemas “aplicados” de diferentes ámbitos (como la agricultura, la industria de la seda o de la cerveza) y que encontró la solución a este misterio médico en un tonel de vino. 


Pasteur realizando experimentos
Pero antes de explicar en este texto qué fue lo que el vino le desveló a Pasteur, resulta crucial contar que en 1862 fue el ganador de un importante concurso que planteó la Academia de las Ciencias de París para solucionar la ancestral disputa −científica, pero sobre todo filosófica y religiosa− sobre la existencia o no de la generación espontánea. Dicha teoría propugnaba que existe un “principio vital” en el aire que, en contacto con la materia orgánica, hace que la vida aparezca de forma espontánea. Es muy fácil juzgar y despreciar a la gente del pasado, mirándolos por encima del hombro y pensando: pero ¿cómo podían creer en semejantes supercherías? Siempre hay que contextualizar. La experiencia de lo que cualquier individuo podía observar en su vida diaria apuntaba a que la cosa funcionaba de esta manera. En las carnicerías, las carcasas de carne sin refrigerar originaban gusanos, en los establos donde se guardaba trigo acababan apareciendo ratas, tras una inundación aparecían gran cantidad de ranas…Parecía que la materia orgánica, en contacto con ese invisible principio vital (algo así como unos polvitos mágicos que concentraran la fuerza de la vida) fuera la causa de esta nueva generación de vida en todos estos casos. Que los seres vivos se originaban a partir de la materia orgánica de forma espontánea.

En 1668 Francesco Redi hizo un experimento que asestó un golpe mortal a la teoría de la generación espontánea: quería demostrar que los “gusanos” que aparecían en la carne en descomposición no eran más que larvas que habían dejado las moscas que habían desovado allí. El experimento de Redi se considera el primero en seguir de forma impecable los principios del diseño experimental hipotético- deductivo (con sus hipótesis, sus réplicas, su grupo control …etc)






Demostró que, si se impedía el acceso de las moscas a la carne, aunque el aire (con su supuesto principio vital incorporado) pudiera entrar a través de la redecilla del experimento C del dibujo, no aparecían larvas de moscas (los “gusanitos”) en la superficie de la carne.  Lo cual demostraba que las larvas no aparecían de manera espontánea, sino que procedían de las moscas. O, dicho de otra forma, que un ser vivo siempre procede de otro ser vivo.
Tuvieron que pasar casi dos siglos, en los que todavía había mucho partidario de la generación espontánea, hasta que la Academia de la Ciencia de París retara a los científicos a demostrar definitivamente la falsedad de semejante teoría. Uno de los problemas que existían en aquel momento era que en muchos lugares en los que se producía vino y otros “caldos” a veces se les estropeaban y se les pudrían haciendo que los viticultores perdieran mucho dinero. En aquel entonces ya se habían observado los microorganismos con el microscopio óptico. Las dos alternativas para explicar el problema eran: que la fuerza vital del aire generaba microorganismos en contacto con el caldo (generación espontánea), o bien que las esporas de otros microorganismos previos al caer en el caldo generaban nuevos microorganismos. Pasteur era partidario de esta segunda hipótesis.
Pasteur ganó el premio con un experimento muy simple pero a la vez muy ingenioso.



Se llenaban unos matraces con caldo nutritivo (con materia orgánica). A continuación se esterilizaban para eliminar los microorganismos que pudiera haber, que serían los causantes de la putrefacción. Con un mechero se deformaba el cuello de algunos de los matraces hasta darle un aspecto de “cuello de cisne”, con lo cual se conseguía que los microorganismos que pudieran entrar por el orificio se quedaran en el codo de este cuello deformado y no pudieran llegar al caldo subiendo en contra de la gravedad el último tramo, mientras que el aire ( con el hipotético principio vital) sí que llegaba al líquido. Pues bien, lo matraces con cuello de cisne permanecieron estériles durante mucho tiempo, mientras que si se cortaba el cuello y se dejaba pasar directamente aire y microorganismos se podrían enseguida. Lo cual demostraba de manera contundente que la causa de la putrefacción era el contacto con las esporas de microorganismos que flotan el aire, no el propio aire con su principio vital.
Y ahora volvamos con los otros caldos: los alcohólicos. Volvamos con los vinicultores que tenían problemas en su economía porque de vez en cuando se contaminaban las cubas, se agriaba el vino y, como no era posible beberlo ni venderlo, perdían millones de francos.  El problema fue planteado al joven decano de la facultad de ciencias de Lila que, ¿adivináis?, se llamaba Louis. Pasteur estudió con el microscopio las células de levadura en el vino. Se dio cuenta de que todos los vinos tenían levaduras (necesarias para la fermentación del mosto de la uva), pero aquellos que se agriaban además contenían otro tipo de microorganismos. A Pasteur le pareció que el vino no se agriaba hasta que finalizaba la fermentación En este caso, como que ya no se necesitaba más levadura ¿por qué no desembarazarse de todos los microorganismos una vez estuviera fermentado, subiendo la temperatura de los caldos? Los de la industria vinícola escucharon horrorizados esta propuesta, pero una vez cedieron (de todas formas las cosechas estaban perdidas) se dieron cuenta de que efectivamente cesaba de agriarse el vino, mientas que su aroma no se alteraba en absoluto con el calentamiento.  La industria del vino se había salvado y a esta técnica se le llamó “pasteurización”. Sirve, entre otras cosas, para que los tetrabriks de leche que llegan a nuestras casas no tengan ningún microbio y se puedan conservar en perfecto estado hasta que se abra el recipiente.  


Un verdor terrible ( fragmento del libro)

    Aquí os copio un fragmento de un libro que estoy leyendo y que de alguna manera tiene relación con algunos de los conceptos que hemos tr...