Aunque para
los griegos y los romanos acudir a los baños era algo inherente a su cultura
(con una connotación no solo higiénica, sino sobre todo social) no siempre ha
estado bien vista la limpieza corporal. Dice Bill Bryson en su libro “En casa”
que el cristianismo nunca vio con buenos ojos la limpieza y “desde el principio
desarrolló la extraña tradición de equiparar la santidad con la suciedad”. Y
pone un ejemplo muy significativo: “Mucha gente peregrinaba desde Inglaterra a Tierra Santa, pero cuando un monje llamado Godric lo hizo sin mojarse ni una
sola vez, se convirtió, de forma inevitable en San Godric”. También explica que
cuando otro santo (Santo Tomás Becket) murió en 1170, los que arreglaron su
cuerpo destacaron con aprobación que “su ropa interior bullía de piojos”.
En la Edad Media,
uno de los métodos infalibles para asegurarse el Cielo era hacer el juramento
de no lavarse. Con la propagación de la Peste Negra, en esa época, algunas
personas propusieron revisar esta creencia, pero enseguida los “lobbies” más
influyentes de la época insistieron en reafirmar las bondades de que el
personal fuera tan marrano, diciendo que el agua abría los poros de la piel y
fomentaba que los “vapores mortales” entraran en el organismo. La mejor
estrategia, pues, era taponar los poros con suciedad. Hay que destacar que esta idea perduró
durante los seiscientos años siguientes y se extendió a todas las clases
sociales. La reina Isabel de Inglaterra, según cuenta una célebre cita, se
bañaba fielmente una vez al mes, “lo necesite o no”. Y en Francia, el Rey Luis
XIII no se bañó hasta el día que cumplió siete (mugrientos) añitos.
Pero regresemos
a la edad Media, y a la terrible enfermedad que arrasó a aquellos europeos que
huían del agua y de la higiene, incluso aunque tuvieran los medios para acceder
a esas prácticas. La enfermedad era la Peste, una palabra que curiosamente
tiene una acepción que significa mal olor. Si consiguiéramos viajar con una
hipotética máquina del tiempo a la Edad Media, lo primero que nos haría apretar
el botón para regresar inmediatamente sería el tufo insoportable procedente de
cualquier ser humano con el que nos pudiéramos cruzar. La novela “El perfume”
describe esa sensación de manera impresionante, aunque esté ambientado en una época posterior.
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| A tale from the Decameron , de John William Waterhouse |
Pero, ¿qué era exactamente esta enfermedad que conocemos como la Peste? A lo largo de la historia de la humanidad ha habido diferentes registros de epidemias calificadas como Peste por los cronistas de la época. Algunos de estos episodios, en especial los anteriores a la Edad Media, a posteriori se han podido asociar a otras enfermedades infecciosas como el tifus, la viruela o el sarampión. El criterio para descartarlos como Peste es la no existencia de los “bubones” ( bultos inflamados en el cuello , en las axilas y en las ingles, del tamaño de un huevo o una manzana, que corresponden a los ganglios linfáticos hipertrofiados intentando defenderse del microorganismo invasor) que dan nombre a la Peste bubónica, cuya manifestación más devastadora fue la llamada Peste Negra ( negra, por otro de los síntomas: las manchas oscuras que salían en la piel como un aviso más de muerte inminente), que en el siglo XIV se cebó especialmente en la población europea matando a un tercio de su población. Florencia fue uno de los lugares más castigados. Giovanni Boccaccio, en su “Decamerón” narra las peripecias de un pequeño grupo de habitantes de esa ciudad que se entretienen contándose historias durante el periodo en el que se aislaron (una propuesta magnífica a tener en cuenta para sobrellevar el confinamiento ante el coronavirus). Se calcula que mató a treinta y siete millones de europeos.
Pero la peste no se originó en Europa. En lo que podríamos calificar como la “globalización” de la época, la extensión de la epidemia traza el camino de las principales rutas comerciales, cuyo origen estaba en China. Primero en caravanas y después en barcos (algunos de ellos perdían a toda la tripulación en el viaje y navegaban a la deriva), la enfermedad viajó en primera instancia a las islas del Mediterráneo (diezmando sus poblaciones) y más tarde alcanzó la Italia continental, llegando a Florencia a comienzos de la primavera de 1348. Si hacemos la suma total, añadiendo a los asiáticos y otros países azotados por la plaga, casi todas las fuentes hablan de cien millones de muertos.
La siguiente
gran epidemia de Peste ocurrió tres siglos después en la ciudad de Londres,
conocida como la Gran Plaga o la Gran Peste. En este caso fue Daniel Defoe (que
se conoce más por su Robinson Crusoe) quien, aunque es una ficción posterior a
los hechos, dejó registro de la situación en la ciudad con gran verosimilitud. Las
estadísticas muestran que cuando una plaga de este calibre se extiende en una población mueren nueve
de cada diez personas infectadas. Una vez instaurada, la neumonía asociada a la
enfermedad hace que el contagio sea muy alto. En el Londres de 1665 fallecieron
cerca de 150.000 personas, un tercio de la población. Pero, supuestamente
tendrían que haber sido muchas más. La peste debería haberse extendido hasta
contagiar a toda la comunidad. Pero no fue así. La pregunta del millón es la
siguiente: ¿Por qué tanta gente que estuvo en contacto con la bacteria más letal de toda la
historia, sobrevivió sin recibir ningún tratamiento? Durante muchos años se creyó
que la epidemia afectó sobre todo a las clases bajas de Londres, debido a las
condiciones insalubres en las que vivían. Las personas de las clases altas parecían estar
menos expuestas. Si bien es cierto que las condiciones higiénicas favorecían la
propagación de la enfermedad, el hallazgo contemporáneo de un enterramiento sembró la
duda sobre esta hipótesis.
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| Fosa con esqueletos de la época de la peste. |
Unos obreros, excavando junto a una iglesia antigua,
descubrieron un grupo de 57 esqueletos que provenían de la época de la Gran
Peste. Resultó que el estudio de los esqueletos dio indicios de que esas
personas pertenecían a la clase alta (se puede deducir muchas cosas a partir de
los huesos, y estos no tenían signos de enfermedades ni desgastes óseos típicos
de la clase pobre). Esto cuestiona que la riqueza supusiera una protección
contra la peste bubónica. Entonces, si no es la clase social ni la higiene lo
que marca la diferencia, la pregunta sigue vigente: ¿por qué solamente murió un
tercio de la población de Londres? ¿Qué diferenciaba a los
muertos de los supervivientes? El genetista americano Stephen O‘Brian realizó un
estudio genético en un grupo de personas descendientes de supervivientes a esta
enfermedad procedentes de una comunidad pequeña y cerrada de Inglaterra, y comprobó
que esa “resistencia” natural a no infectarse está grabada en el ADN, y por lo tanto se hereda. Se demostró que muchos
de ellos tenían una mutación en un gen del cromosoma 3 llamada Delta-32, que
les hacían invulnerables no solo a la peste, sino que sorprendentemente también
a otras enfermedades infecciosas como el SIDA (afecta a las proteínas receptoras
a las que se une el virus). Una mutación que se había producido al azar ya en
la Peste Negra medieval y que, debido a la presión selectiva en un entorno en
el que los que no la tenían morían, fue favorecida por la selección natural. Los
supervivientes a esa plaga se pudieron reproducir y en las siguientes
generaciones estuvieron más representados de lo que hubieran hecho en condiciones
normales. Esta es la explicación evolutiva de que en la Gran Peste del siglo
XVII muriera mucho menos proporción de gente de la que se dio la Peste Negra de
la Edad Media. Este vínculo entre la inmunidad
a la Peste bubónica y la inmunidad al VIH es uno de los resultados más
sorprendentes e interesantes de la investigación genética reciente. Aprender cómo
funciona esta inmunidad a nivel celular está siendo muy útil para diseñar tratamientos
en la lucha contra el SIDA. Entender los mecanismos moleculares y celulares en
la relación entre los microorganismos y sus huéspedes es lo que dará la clave
para luchar contra infecciones y pandemias como la actual. Por eso es
importante la investigación básica, porque nos va la vida en ello.





